Paradigma: Revista de Investigación Educativa | Volumen 33 (2026) | Número 55 | p. 137-140

PARADIGMA

Revista de Investigación Educativa

Carta al Editor

In Memoriam: Jürgen Habermas y la esperanza en la razón dialógica

In Memoriam: Jürgen Habermas and the hope in dialogical reason

 

 _a,* Renán Rápalo Castellanos

_a rrapalo@upnfm.edu.hn. Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán, Honduras. https://orcid.org/0009-0007-3801-2495

 

*Autor para correspondencia

https://doi.org/10.5377/paradigma.v33i55.23074

Recibido: 20 de marzo de 2026 | Aceptado: 10 de junio de 2026

Disponible en línea: junio de 2026

Creative Commons License

Artículo de la revista Paradigma: Revista de Investigación Educativa de la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán, Honduras. Esta obra está bajo una licencia internacional Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 (CC BY-NC-ND 4.0).

ISSN 1817-4221 | EISSN 2664-5033

Correo electrónico: paradigma@upnfm.edu.hn

 

El mundo académico, en particular la filosofía y las ciencias sociales, y en realidad, la sociedad en general, lamentan profundamente la pérdida de Jürgen Habermas, quien falleció el 14 de marzo del 2026 a los 96 años en su casa de Sternberg, en el sur de Alemania. Considerado como uno de los pensadores más influyentes de nuestro tiempo y la brújula moral de la cultura política contemporánea, Habermas nos deja un legado que trasciende las fronteras de Alemania y de la filosofía misma. A lo largo de su vasta trayectoria, se consolidó como el principal heredero y transformador de la Teoría Crítica de la Escuela de Fráncfort, dedicando su vida a defender el proyecto de la Ilustración y a depositar su fe en la razón como guía ineludible para la moral y la política. Su partida deja un enorme vacío, pero su obra perdurará como un pilar teórico indispensable para comprender y profundizar la teoría social y los cimientos de las democracias modernas.

Para captar realmente la profundidad de su pensamiento, tenemos que empezar por el principio. Habermas nació el 18 de junio de 1929 en Düsseldorf y creció en la pequeña ciudad de Gummersbach. Incluso de niño, su vida le obligó a desarrollar una profunda sensibilidad hacia el mundo. Nacido con un paladar hendido, tuvo que soportar cirugías dolorosas y creció con un defecto del habla. Desde el principio, esto le enseñó la vulnerabilidad humana y cómo la comunicación no es solo palabras en el vacío; es vital para nuestras vidas.

Pero el verdadero punto de inflexión para él llegó en 1945, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial y los juicios de Núremberg hicieron imposible ignorar los horrores del Holocausto. Se había unido a las Juventudes Hitlerianas como tantos otros, pero descubrir la profundidad de los crímenes del nazismo le afectó profundamente. Describió esto como su “hora cero”, un despertar existencial y político. Desde ese día, se entregó por completo a un compromiso ético: asegurarse de que el autoritarismo nunca tuviera espacio para volver. Esto lo mantuvo completamente comprometido con la democracia, la tolerancia y el estado de derecho.

Habermas estudió filosofía, historia, psicología y economía en las universidades de Gotinga, Zúrich y Bonn, logrando doctorarse con una tesis sobre Schelling. En 1956, Habermas se integró al Instituto de Investigación Social de Fráncfort como asistente de Theodor W. Adorno. Aunque respetaba a sus mentores, se negó a dejarse atrapar por el pesimismo de la primera generación de Fráncfort, una visión que veía a la sociedad moderna como una “jaula” gobernada por la razón instrumental.

Empezó a romper con ese pesimismo en 1962, con su primer libro importante titulado: Strukturwandel der Öffentlichkeit: Untersuchungen zu einer Kategorie der bürgerlichen Gesellschaft (1962) [La transformación estructural de la esfera pública], donde introdujo el poderoso concepto de la “esfera pública”. En este estudio histórico y sociológico, Habermas mostró cómo, durante los siglos XVII y XVIII, espacios como los cafés, los salones literarios y la prensa permitieron el surgimiento de un ámbito social donde los ciudadanos podían debatir libremente sobre asuntos de interés general, guiados por la racionalidad y al margen del poder del Estado y del mercado. Aunque diagnosticó una posterior degradación de esta esfera pública a causa de las relaciones públicas y la sociedad de consumo, Habermas nunca dudó del gran potencial emancipador del debate democrático participativo.

Su contribución más importante a la epistemología se produjo en 1968 cuando publicó su célebre obra Erkenntnis und Interesse [Conocimiento e interés]. En esta obra, Habermas asestó un golpe definitivo al positivismo científico que dominaba la academia, demostrando que ninguna ciencia es un simple reflejo pasivo y “desinteresado” de la realidad. Argumentó de forma brillante que el conocimiento humano está guiado por tres intereses cognoscitivos antropológicamente arraigados en nuestra especie. Las ciencias empírico-analíticas responden a un interés técnico por controlar y predecir el entorno material; las ciencias histórico-hermenéuticas responden a un interés práctico por asegurar la comprensión mutua entre las personas; y las ciencias de orientación crítica (como el psicoanálisis freudiano y la crítica de las ideologías) están movidas por un interés emancipatorio, cuyo fin es liberar al sujeto humano de las coacciones ocultas y las dominaciones no reconocidas.

Pero la cumbre de su madurez intelectual y sociológica llegaría en 1981 con la publicación de su obra más ambiciosa: Theorie des Kommunikativen Handelns [La Teoría de la Acción Comunicativa]. Con esta obra, Habermas dio un "giro lingüístico" en la teoría social. Fue más allá de la antigua “filosofía de la conciencia”, que se centraba en individuos aislados relacionados con el mundo. En cambio, centró la sociedad en las relaciones intersubjetivas y el uso cotidiano del lenguaje. Nos enseñó a trazar una línea entre la acción estratégica (orientada al éxito, el cálculo o la manipulación) y la acción comunicativa, que busca la comprensión mutua. Cuando actuamos de forma comunicativa, no intentamos coaccionar; buscamos coordinar nuestros planes mediante el diálogo, confiando solo en “la fuerza no forzada del mejor argumento”. Según Habermas, siempre que hablamos para entendernos unos a otros, hacemos tres afirmaciones básicas: que decimos la verdad, que lo que decimos es normativamente correcto y que somos sinceros. Esta racionalidad comunicativa incorporada, insistía, es la mejor herramienta de la humanidad para manejar conflictos y proteger la libertad.

Habermas no se detuvo ahí. Para dar sentido a los grandes problemas de nuestro tiempo, dividió la sociedad moderna en dos partes: el “mundo de la vida” y el “sistema”. El mundo de la vida es nuestra interacción humana cotidiana—cultura, socialización, creencias compartidas—unida por la acción comunicativa, por personas que buscan consenso. ¿Pero el sistema? Esa es la enorme maquinaria de la economía capitalista y la burocracia estatal, que funciona “a nuestras espaldas” a través de las frías lógicas del dinero y el poder. El verdadero problema, señaló Habermas, no es que estos sistemas existan. El peligro empieza cuando la lógica del “sistema” se infiltra y coloniza el mundo de la vida—dejando que el dinero y la burocracia invadan espacios como la familia, la cultura y las relaciones íntimas, zonas que deberían gobernarse por el entendimiento mutuo, no por el cálculo monetario o de poder. Cuando esto ocurre, acabamos con aislamiento, alienación, solidaridad en ruinas y pérdida de sentido.

A partir de la década de los noventa, esta vasta teoría sociológica se volcó hacia la filosofía política y jurídica con su libro Faktizität und Geltung (1992) [Facticidad y validez]. Aquí, consolidó su modelo de democracia deliberativa y de ética del discurso, argumentando que las leyes y las normas solo pueden considerarse legítimas si son el resultado de un procedimiento deliberativo y argumentativo en el que todos los ciudadanos afectados habrían podido dar su asentimiento racional y libre de coacciones. El derecho moderno, en su visión optimista, actúa como un “transformador” institucional que toma el poder comunicativo (generado informalmente en las esferas públicas y la sociedad civil) y lo convierte en el poder administrativo vinculante del Estado democrático.

Una de las características más destacadas del genio de Habermas fue su inmensa capacidad para dialogar, asimilar y sintetizar lo mejor del pensamiento moderno y contemporáneo, construyendo un sistema verdaderamente interdisciplinario y original. Como pocos pensadores en la historia, logró entrelazar la rigurosa defensa de la moral, la autonomía y la razón de Immanuel Kant con la visión histórica de G.W.F. Hegel, rescatando a su vez el profundo impulso emancipador de Karl Marx al liberarlo de sus determinismos económicos dogmáticos. Al mismo tiempo, supo integrar el agudo diagnóstico sobre la “racionalización” de las sociedades que hizo Max Weber, pero ofreciendo una salida luminosa a su paralizante pesimismo. Su mente inquisitiva no tuvo reparos en nutrirse de la ontología de su temprano inspirador Martin Heidegger —a quien, sin embargo, confrontó con valentía por su silencio frente al nazismo—, así como de las intuiciones utópicas y psicoanalíticas de Herbert Marcuse. Pero su jugada intelectual más magistral, aquella que le permitió superar los callejones sin salida de la filosofía europea tradicional, fue atreverse a cruzar fronteras teóricas integrando la riqueza práctica del pragmatismo estadounidense (con figuras como Peirce, Mead y Dewey) y los recientes descubrimientos de la filosofía analítica del lenguaje. Con esta vasta y poderosa amalgama, Habermas no solo salvó a la Teoría Crítica de la melancolía y la resignación, sino que forjó el entramado teórico más robusto que tenemos hoy para defender la importancia de la acción comunicativa.

Pero el legado de Jürgen Habermas va mucho más allá de su imponente obra escrita; él encarnó a la perfección el ideal del intelectual público. Jamás se refugió en la torre de marfil académica, sino que bajó constantemente a la arena del debate epistemológico y político. Un hito fundacional en esta faceta fue su destacada participación a principios de la década de 1960 en la célebre “disputa del positivismo” (Positivismusstreit) en la sociología alemana. En esta contienda intelectual, Habermas se enfrentó frontalmente a la tradición del empirismo lógico heredera del Círculo de Viena y, de forma muy particular, al “racionalismo crítico” del influyente filósofo Karl Popper. Popper y sus seguidores sostenían que el único conocimiento válido en las ciencias sociales debía imitar a las ciencias naturales, basándose en la observación de hechos “libre de valores” y en la falsación de hipótesis. Habermas, sin embargo, demostró que esta visión “cientificista” era paradójicamente acrítica y conservadora. Argumentó que al abrazar el positivismo y reducir toda la razón a lo empíricamente medible, se desterraba la moral y se dejaba a las decisiones políticas sin ninguna base racional objetiva, reduciéndolas a meras preferencias personales irracionales. Frente a este “racionalismo disminuido”, Habermas defendió con brillantez que la ciencia social no puede limitarse a la predicción y el control instrumental de la sociedad para afirmar el statu quo, sino que debe asumir una postura guiada por un profundo interés emancipatorio para lograr la transformación social radical.

Esta misma valentía para desafiar consensos conservadores la trasladó a los grandes debates históricos de su tiempo. Intervino decididamente en la “Disputa de los historiadores” (Historikerstreit) de los años ochenta, enfrentándose al revisionismo conservador para defender que Alemania debía asumir su responsabilidad frente al Holocausto. Propuso allí su célebre concepto de “patriotismo constitucional”, sugiriendo que la identidad de una nación no debe basarse en la sangre o el nacionalismo étnico, sino en la adhesión racional a los principios democráticos universales plasmados en la Constitución.

A lo largo de los años, aportó lucidez en debates sobre la bioética, alertando contra los peligros de una eugenesia liberal que trataría la naturaleza humana como un objeto de diseño mercantil; abogó tenazmente por una integración europea que trascendiera los Estados nacionales para conformar un orden cosmopolita y supranacional; y en sus últimas décadas, sorprendió y estimuló al mundo al abrir un profundo diálogo sobre el lugar de la religión en la esfera pública. En eventos históricos como su debate de 2004 con el entonces Cardenal Joseph Ratzinger (quien luego sería el Papa Benedicto XVI), Habermas, desde su postura de pensador postmetafísico y secular, instó a los ciudadanos no creyentes a acercarse con respeto a las tradiciones religiosas, reconociendo que estas albergan valiosas intuiciones morales, sentidos de solidaridad y reservas de significado de las que la empobrecida razón secular moderna tiene todavía mucho que aprender para evitar su propia autodestrucción y cinismo.

Con la muerte de Jürgen Habermas, el mundo académico, la investigación social y el pensamiento mundial despiden a un erudito inigualable y a un ciudadano incansable. A diferencia de las corrientes de la posmodernidad que a menudo claudicaron ante el escepticismo o los rechazos totalizantes de la razón, Habermas sostuvo hasta el final su inmensa confianza en la capacidad de los seres humanos para dialogar, reflexionar y organizarse justamente. Él nos demostró que la modernidad, lejos de ser un fracaso, sigue siendo un “proyecto inacabado” que no debe desecharse, sino que exige nuestro esfuerzo continuo para completarlo mediante la profundización democrática. Mientras Habermas descansa en paz y toma su merecido lugar en el panteón de los grandes filósofos y pensadores de la historia, celebramos hoy su vida y su pensamiento porque nos demostró que, incluso en un mundo fracturado por graves patologías sistémicas y desigualdades, el uso público de la razón, el diálogo intersubjetivo y la solidaridad humana siguen siendo nuestra mejor y más noble esperanza.